Durante mucho tiempo hemos confundido el silencio durante las explicaciones con el aprendizaje. Entramos en un aula, vemos a los alumn@s callad@s, mirando a la pizarra, aparentemente atent@s… entonces respiramos tranquilos y pensamos que todo parece estar funcionando.
Pero esa tranquilidad, muchas veces, es una ilusión.
El silencio no demuestra que estén entendiendo. A menudo demuestra justo lo contrario, que no saben por dónde empezar, que no se atreven a preguntar, que están desconectados o simplemente cumpliendo con lo que se espera de ellos.
Y aquí es donde caemos en la ilusión de la enseñanza, es decir, explicamos, creemos que lo hacemos bien, nadie interrumpe… y asumimos que el aprendizaje está ocurriendo.
Pero que el profesor sienta que ha explicado bien no le garantiza que el alumnado esté aprendiendo, porque aprender no es escuchar, no es mirar, no es asentir. Aprender es intentar, es probar, es equivocarse, es volver a intentar, es explicar con tus propias palabras algo que todavía no dominas del todo.
Entonces pasa lo de siempre: tú explicas, todo parece claro… pero cuando los chic@s se enfrenta sol@s a la tarea, no saben por dónde empezar. Y ahí es donde se ve la realidad, porque el aprendizaje de verdad no es silencioso. Cuando alguien duda hace ruido, cuando alguien se equivoca hace ruido, cuando un alumn@ intenta explicar lo que está aprendiendo y no le sale a la primera hace ruido y cuando se atreven a pensar en voz alta hacen ruido.
Un aula en silencio constante no es necesariamente un aula donde se aprende. Puede ser un aula donde nadie está pensando y pensar de verdad implica incomodidad, fricción, participación. Por eso el reto no es solo explicar mejor. El reto es conseguir que el alumn@ haga algo con lo que escucha, que lo use, que lo transforme, que se equivoque con ello.
