Podría ocurrir que la educación solo funciona de verdad cuando se sostiene en un equilibrio muy delicado entre cercanía y firmeza al mismo tiempo.
Desde la neuroeducación, autores como Daniel J. Siegel explican que el cerebro aprende mejor cuando se siente emocionalmente seguro. Si un alumno tiene miedo, se siente juzgado o vive en tensión constante, su cerebro se pone en modo defensa y deja de estar disponible para aprender. La seguridad emocional no es un lujo; es una condición básica para que haya aprendizaje profundo.
Pero esa seguridad no puede confundirse con permisividad. El cerebro también necesita estructura, coherencia y previsibilidad. Los límites claros reducen la incertidumbre y ayudan a construir autocontrol. Sin normas, no hay verdadera sensación de seguridad, sino desorientación.
En esa misma línea, Jane Nelsen habla de ser “amable y firme al mismo tiempo”. Y creo que ahí está la clave. Amable significa escuchar, validar emociones y cuidar el vínculo. Firme significa sostener normas claras y coherentes. Si solo hay firmeza, se rompe la conexión; si solo hay amabilidad y cariño, se diluyen los límites.
El verdadero equilibrio consiste en transitar entre los dos mundos. Ese punto medio no es sencillo de encontrar; es dinámico y requiere reflexión constante. Pero cuando se logra, no solo favorece el aprendizaje, sino también el desarrollo personal y la autonomía.
